
Por el profesor Felipe
Argote |
Economista
Hay presupuestos que reflejan las prioridades
de un gobierno. Hay otros que revelan sus contradicciones. El presupuesto
general del Estado para 2027 parece empeñado en demostrar que en Panamá las
leyes son obligatorias para los ciudadanos, pero negociables para quienes
administran los recursos públicos.

La
Ley 362 del 2 de febrero de 2023 establece que el gasto público y la inversión
en educación deben alcanzar, como mínimo, el 7 % del producto interno bruto. No
es una sugerencia. No es una recomendación del Banco Mundial. No es una
aspiración de los educadores ni una promesa de campaña electoral. Es una obligación establecida por ley.
Sin embargo, las cifras del proyecto original
de presupuesto para 2027 revelan una insuficiencia concreta: el grupo de
instituciones al que corresponde el 5.5 % del PIB suma 4,661.4 millones de
dólares, frente a una referencia de 5,230.6 millones. La diferencia es de $569.2
millones. Y no solamente eso. En medio de la discusión presupuestaria, el
Gobierno decide reducir en $15.4 millones la asignación del Ministerio de
Educación.
LAS MATEMÁTICAS NO ADMITEN DISCURSOS
Según la referencia del PIB nominal estimado
para 2026 que aparece en el informe presupuestario, la economía panameña
alcanzaría aproximadamente 95,102 millones de dólares. El 7 % de esa cantidad
representa 6,657.1 millones de dólares. Esa es la magnitud de los recursos que
deberían estar claramente identificados en el presupuesto educativo para 2027,
utilizando dicha referencia y sujeto a la determinación definitiva del PIB
aplicable.
La ley establece una distribución del 5.5 % del
PIB, equivalente a 5,230.6 millones de dólares, para el conjunto integrado por
el Ministerio de Educación, las universidades oficiales, el Instituto Panameño
de Habilitación Especial y los programas educativos correspondientes de
SENACYT.
Adicionalmente, establece un 1.5 % del PIB,
equivalente a 1,426.5 millones de dólares, para los demás programas educativos
contemplados en la legislación. En total, el Estado panameño debe destinar al
sector educativo un mínimo de 6,657.1 millones de dólares en 2027, utilizando
como referencia el PIB nominal estimado para 2026 de 95,102 millones de dólares
que aparece en el informe presupuestario. Estas cantidades resultan de aplicar
los porcentajes establecidos en la Ley 362 de 2023. La suma debe hacerse sin
duplicar las transferencias. El MEDUCA tiene un presupuesto original de 5,132.4
millones de dólares, pero incluye 1,375.1 millones en transferencias a otras
entidades públicas. Al descontarlas, su asignación propia queda en 3,757.4
millones. Sobre esa base se agregan los presupuestos de las universidades
oficiales, el IPHE y SENACYT.
El resultado consolidado es de 4,661.4 millones
de dólares. Frente a los $5,230.6 millones que representa el 5.5 % del PIB de
referencia, faltan $569.2 millones. Se ha cubierto aproximadamente el 89.1 % de
ese mínimo. La diferencia equivale al 10.9 % de lo requerido. Estas cifras
corresponden al proyecto original, antes de las modificaciones de octubre.
Además, incluyen el presupuesto completo de SENACYT, aunque la ley se refiere a
sus programas educativos: incluso con esa inclusión amplia, el grupo queda por
debajo del 5.5 %.
RECORTAR LA EDUCACIÓN MIENTRAS SE HABLA DE
PRIORIDADES
El proyecto original contemplaba una asignación
de aproximadamente 5,132 millones de dólares al Ministerio de Educación,
incluyendo las transferencias presupuestarias correspondientes. Posteriormente,
mediante la Resolución de Gabinete 116 del 20 de octubre de 2026, se autorizó
una reducción de 15.4 millones de dólares al MEDUCA: 11 millones en
funcionamiento y 4.4 millones en inversión. Considerado por separado, ese
recorte elevaría la diferencia de 569.2 a 584.6 millones de dólares. El efecto
neto de octubre depende también de los aumentos a las demás instituciones
comprendidas en el 5.5 %, que deben descontarse antes de establecer la
diferencia definitiva.
Puede parecer una cantidad pequeña dentro de un
presupuesto estatal superior a 35,000 millones de dólares. Pero el problema no
es solamente el monto. El problema es el principio. El proyecto original ya presenta
una diferencia de $569.2 millones frente al mínimo del 5.5 % para ese grupo
de instituciones. Recortar al MEDUCA en esas condiciones exige corregir la
insuficiencia, no normalizarla. La comparación no depende de una declaración
verbal: surge de sumar las asignaciones del proyecto oficial y eliminar las
transferencias duplicadas. La educación no puede convertirse en la variable de
ajuste de una política fiscal cuya principal preocupación sea presentar
determinados indicadores de déficit.
El déficit fiscal es importante. La estabilidad
macroeconómica también. Pero ninguna de esas consideraciones autoriza al
Ejecutivo a tratar las obligaciones legales como simples recomendaciones
administrativas.
¿PARA QUÉ APRUEBAN LEYES QUE DESPUÉS IGNORAN?
Panamá tiene un problema institucional que va
mucho más allá del presupuesto educativo. Los gobiernos aprueban leyes,
establecen obligaciones, anuncian compromisos y después permiten que la
discusión presupuestaria transcurra como si esas disposiciones fueran
opcionales.

Una ley que ordena destinar un porcentaje determinado del PIB a la
educación no puede quedar subordinada a la conveniencia política de quienes
elaboran el presupuesto. De lo contrario, estamos admitiendo que el Ejecutivo
puede decidir cuáles leyes cumple y cuáles considera demasiado costosas. Ese es
un precedente peligroso.
Panamá es el segundo país más rico de Latinoamérica
y el que menos invierte en educación.
EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE CUÁNTO SE GASTA
Conviene aclarar algo que he sostenido en
reiteradas ocasiones: gastar más dinero no garantiza automáticamente una mejor
educación. Podemos construir escuelas que nunca terminamos, comprar equipos que
nadie utiliza, financiar programas que no producen resultados y mantener
estructuras administrativas cuya contribución al aprendizaje resulta
cuestionable. La eficiencia del gasto público es indispensable. Pero esa
discusión no elimina la obligación legal de asignar los recursos
correspondientes. Tampoco puede utilizarse de excusa para seguir reduciendo la
calidad educativa pública para hacer negocios en las educación privada
Una
cosa es exigir que el dinero se utilice correctamente y otra muy diferente es
utilizar la ineficiencia como argumento para desconocer una ley.
Panamá necesita mejorar la formación de sus
estudiantes, fortalecer las competencias matemáticas, científicas y
tecnológicas, modernizar sus centros educativos y vincular la enseñanza con las
necesidades productivas del país. También necesita reconocer que el capital
humano constituye uno de los factores fundamentales del crecimiento económico
de largo plazo.
Una economía que aspira a incrementar su
productividad no puede tratar la educación como un gasto residual. La educación
es inversión en capacidad productiva futura.Y cuando el proyecto original deja
a ese grupo educativo por debajo del mínimo de referencia, la señal sobre las
prioridades presupuestarias resulta inequívoca.
LOS
DIPUTADOS NO PUEDEN LAVARSE LAS MANOS
La Comisión de Presupuesto aprobó en primer
debate el Proyecto de Ley 644 el 26 de octubre de 2026. En su informe se
detallan modificaciones presupuestarias, aumentos de partidas, reasignaciones
institucionales y decisiones sobre el destino de miles de millones de dólares. El
punto de partida está documentado: el proyecto original suma 4,661.4 millones
de dólares para el grupo del 5.5 %, con una diferencia de 569.2 millones frente
a la referencia legal calculada. Las modificaciones de octubre deben evaluarse
sobre esa base, sin confundir el presupuesto original con el texto modificado. La
Asamblea Nacional tiene la responsabilidad de fiscalizar al Ejecutivo. Sus
diputados no pueden limitarse a examinar cuánto aumenta o disminuye el
presupuesto de cada institución.
Su
obligación es verificar que el presupuesto respete las leyes que la propia
Asamblea ha aprobado.
El MEDUCA, las universidades oficiales, el IPHE
y los programas educativos de SENACYT tienen una asignación mínima específica.
Los recursos para otros programas educativos, correspondientes al 1.5 %
restante, no sustituyen el 5.5 % reservado a ese grupo. La operación aritmética
está respaldada por el proyecto oficial. La discusión debe centrarse en
corregir la insuficiencia identificada. Con el PIB de referencia utilizado, el
proyecto original necesita 569.2 millones de dólares adicionales para alcanzar
el 5.5 % de ese grupo. El ajuste definitivo debe incorporar los cambios de
octubre y el PIB aplicable. No es aceptable presentar como cumplimiento una
suma que cuenta dos veces las mismas transferencias o que mezcla obligaciones
distintas.
PAREN ESE PRESUPUESTO
Los diputados todavía tienen la oportunidad de
hacer lo correcto. Antes de aprobar definitivamente el presupuesto de 2027,
deben corregir las asignaciones del grupo al que corresponde el 5.5 % y
asegurar, por separado, los recursos del 1.5 % para los demás programas
educativos. La diferencia identificada en el proyecto original es de 569.2
millones de dólares. Ese es el punto de partida numérico para la corrección. No
se trata de una confrontación entre el Gobierno y los educadores. Se trata de
algo mucho más importante: el respeto al
Estado de derecho y al futuro económico de Panamá.
Un país que pretende crecer, atraer
inversiones, elevar su productividad y competir internacionalmente necesita una
población mejor educada. No conseguiremos ese objetivo simplemente aumentando
el presupuesto. Pero mucho menos lo conseguiremos convirtiendo la inversión
educativa en una partida que puede modificarse sin explicar su compatibilidad
con la ley. La Asamblea Nacional debe corregir la insuficiencia identificada y
garantizar que el presupuesto definitivo respete tanto el 5.5 % reservado como
el 1.5 % restante.
Porque aprobar leyes para después permitir que
se desconozcan es una de las maneras más efectivas de destruir la credibilidad
institucional.
PAREN
ESE PRESUPUESTO.
CUMPLIR CON LA LEY QUE OBLIGA A ASIGNAR 7% DEL
PIB A DUCACIÓN NO ES OPCIONAL, DESCONOCERLO ES UN DELITO.
Profesor Felipe Argote | Economista


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