Por el profesor Felipe Argote
En Panamá hay negocios que hacen ruido. Están los bancos, los puertos, la Zona Libre, la construcción, los seguros, los supermercados y las telecomunicaciones. Todos salen en los titulares, todos tienen voceros, todos tienen gremios, todos tienen estudios, todos aparecen en discursos oficiales.
Pero hay un negocio que casi
nadie mira con lupa y que, sin embargo, todos consumimos: el agua embotellada.
Sí, el agua. Esa botella que se
compra en la tienda, en el supermercado, en la farmacia, en la gasolinera, en
la fonda, en el estadio, en la playa, en el tranque, en la oficina y hasta en
la reunión donde se habla de “sostenibilidad” mientras la mesa está llena de
plástico.
La economía tiene esas ironías
maravillosas. El producto más básico del mundo, el que debería salir limpio,
barato y confiable del grifo, se convierte en un negocio privado creciente
porque la población no siempre confía en el suministro público, porque hace
calor, porque vivimos corriendo, porque hay turismo, porque hay eventos, porque
hay comercio informal y porque, sencillamente, la gente tiene sed.
Según las cifras oficiales del
INEC, Panamá produjo en 2024 aproximadamente 156.9 millones de litros de agua
embotellada. Las ventas fueron de 151.6 millones de litros y el valor reportado
por las empresas productoras fue de B/.38.8 millones.
Son casi 157 millones de litros
de agua embotellada al año.
Eso equivale a más de 400 mil
litros diarios. Todos los días. Domingos, feriados, carnaval, Semana Santa,
fiestas patrias, tranques, cortes de agua y apagones incluidos.
Y aquí viene lo interesante: en
2020, la producción era de 109.6 millones de litros. Para 2024 subió a 156.9
millones. Eso significa que en apenas cuatro años la producción aumentó más de
40%. El valor de las ventas pasó de B/.25.7 millones en 2020 a B/.38.8 millones
en 2024.
Mientras muchos sectores se
quejan con toda razón de la falta de agua en sus plumas el agua embotellada
siguió creciendo. Botella por botella, garrafón por garrafón, tienda por
tienda.
Ahora bien, hay que hacer una
aclaración importante. Los B/.38.8 millones no representan necesariamente el
tamaño total del negocio al consumidor final. Esa cifra corresponde al valor de
ventas reportado por las empresas productoras. Después vienen los márgenes de
los distribuidores, los supermercados, las tiendas, los restaurantes, los
hoteles, los eventos y todos los márgenes comerciales que se agregan en la
cadena.
En otras palabras, el negocio que
ve el consumidor en el mostrador es mayor que el valor de fábrica.
Si dividimos el valor de ventas
entre los litros vendidos, el precio implícito de productor ronda los 26
centavos por litro. Un litro de agua del IDAAN para una industria vale
aproximadamente entre B/. 0.00030 y B/. 0.00048, dependiendo del consumo
mensual. Es decir, menos de una décima de centavo por litro solo por agua
potable. Se vende en $0.26.
Pero nadie compra una botella de
agua a 26 centavos por litro en la calle. Allí entra la magia —y a veces la
tragedia— de la intermediación: transporte, empaque, refrigeración, alquiler,
margen comercial, impuestos indirectos si aplican en la cadena, costo de
oportunidad y, por supuesto, la famosa frase empresarial que todo lo justifica:
“es que todo ha subido”.
La pregunta que muchos se hacen
es: ¿podemos saber cuánto vende cada empresa?
La respuesta responsable es: no
con datos públicos oficiales.
El INEC publica la información agregada, no por empresa. Y eso no es un descuido. Es parte del secreto estadístico. Las empresas suministran información para formar estadísticas nacionales, pero esa información individual no puede divulgarse. La ley protege esos datos. Por eso podemos saber cuánto produce el sector, pero no cuánto produce cada jugador.
Eso no impide identificar
empresas que tienen avisos de operación vinculados a agua embotellada. Allí
aparecen sociedades dedicadas a procesamiento, embotellamiento, distribución,
venta al por mayor o venta al por menor de agua. Pero una cosa es estar registrado
para operar y otra muy distinta es saber cuánto produce, cuánto vende, cuánta
participación de mercado tiene o cuánto factura realmente.
El negocio del agua embotellada
revela, además, una contradicción profunda del país. Panamá es un país con
abundancia de agua dulce, canal interoceánico, lluvias tropicales y recursos
hídricos importantes. Sin embargo, una parte creciente de la población depende
del agua embotellada para consumo diario o para tener seguridad frente a
interrupciones, turbiedad, baja presión o simple desconfianza.
Y aquí aparece el problema
económico de fondo: cuando un servicio público esencial no genera plena
confianza, el ciudadano paga dos veces. Primero paga impuestos, tarifas o
contribuciones para financiar el sistema público. Luego paga agua embotellada
para resolver en privado lo que el sistema público no garantiza con suficiente
calidad, continuidad o credibilidad.
Eso es economía de la vida real.
No la economía de los libros
elegantes con fórmulas perfectas, sino la economía del bolsillo: la señora que
compra un galón para la casa, el trabajador que compra una botella en el
almuerzo, el pequeño comerciante que compra cajas para revender, el restaurante
que no puede arriesgarse a quedarse sin agua, el padre de familia que compra
garrafones porque en su barriada “el agua se va a cada rato”.
El agua embotellada crece porque
hay demanda. Y la demanda crece porque hay calor, urbanización, inseguridad
hídrica percibida, movilidad, turismo, cambios de consumo y fallas reales o
percibidas en el suministro.
No se trata de satanizar a las
empresas. Las empresas vieron una necesidad y la atendieron. Ese es el mercado
funcionando. El problema no es que exista agua embotellada. El problema es que
se vuelva indispensable en un país donde el agua debería ser uno de los
servicios públicos más confiables.
También hay una dimensión
ambiental que no puede ignorarse. Más agua embotellada significa más envases,
más plástico, más logística, más transporte, más refrigeración y más residuos.
Si el país no fortalece reciclaje, recolección, reutilización y normas ambientales
efectivas, el negocio privado termina generando costos públicos.
En economía eso se llama
externalidad. En español sencillo: alguien gana, alguien consume y después otro
paga el desorden.
El negocio del agua embotellada
en Panamá ya no es pequeño. Es un sector de decenas de millones de balboas a
nivel productor y probablemente bastante más cuando se mira el precio final al
consumidor. Es un negocio en expansión, conectado con hábitos de consumo,
fallas institucionales, salud pública, logística, comercio minorista y
ambiente.
La gran pregunta no es si el
negocio seguirá creciendo. Probablemente seguirá creciendo.
La gran pregunta es qué nos dice
ese crecimiento sobre el país.
Porque cuando el agua embotellada
crece tanto, no solo estamos viendo botellas. Estamos viendo confianza,
infraestructura, desigualdad, distribución, urbanización, oportunidades de
negocio y debilidades del Estado.
En Panamá hasta el agua tiene
clase social. Unos la reciben con presión, otros la compran en botella, otros
la almacenan en tanque y otros esperan que vuelva.
Y allí, en esa botella
transparente que parece tan simple, se esconde una radiografía completa de la
economía panameña.
Este es solo un sector que hace
dinero por la ineficiencia del IDAAN, también están los carros cisterna y los
diputados, amigos y parientes de los gobernantes que se hacen millones con la
repartición de agua. Para estos la ineficiencia del IDAAN es su mejor negocio…
pero eso… es otra historia.
http://www.elblogdefelipeargote.net/2026/04/ley-de-sustancia-economica-un-impuesto.html
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