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24 de septiembre de 2012

MI VIAJE A KANKINTÚ



Por: Felipe Argote




La primera vez que visité el paraíso en medio de la montaña, llamado Kankintú fue en 1994, hace más de 16 años.  Mi esposa Carmen y yo regresábamos de visitar a unos amigos panameños que se fueron a vivir a Costa Rica en medio de la crisis política de finales de la década de los 80, y que ya habían echado raices en San José y Cartago.

Al llegar a la ciudad de David, Carmen me recordó que nuestro amigo Eusebio Bilboard nos había invitado a su casa en Kankintú, así que tranquilamente tomamos un autobús rumbo a Bocas del Toro. El conductor enfiló camino hacia la Cordillera Central, pasando por la Quijada del Diablo y rodando o mejor reptando, por la sinuosa carretera en medio de la espesura de la selva, nos llevó a la costa del mar caribe, al pueblo llamado Chiriquí Grande, cerca de Rambala, en la provincia de Bocas del Toro.

En Chiriquí Grande tomamos una piragua de madera con motor fuera de borda que luego de vencer las olas del mar Caribe, entró por el rio Krikamola. La vegetación era tan espesa que en ocasiones nos tapaba la vista al cielo. Algunas veces tuvimos que bajarnos de la piragua y empujarla ya que en verano el rio reduce su cauce. Los últimos dos kilómetros antes de llegar a Kankintú tuvimos que vencerlos a pie.

Kankintú significa montaña del Jurel. El jurel es un pez que generalmente se pesca en el mar, sin embargo, según la leyenda, un indio gnöbe, a principios del siglo pasado, logró capturar un urel en el rio Krikamola, justo frente a donde hoy se levanta esta comunidad de la comarca gnöbe. En lengua gnöbe Kankintú significa loma del jurel por el vocablo Kanggi que significa jurel y tii que significa montaña o loma.

Este pueblo fue fundado por un grupo de gnöbes en la década del cueranta dl siglo pasado. Entre ellos estaba Victoriano y Ebi Paula Bilboard, Genaro y Juanita Tibibo, Arturo Tibibo Tigonchi, Nely Drigaribo, Eva Becker y Simón Molina. 

Desde su fundación los comuneros tuvieron el apoyo y orientación de curas católicos, primero de los paulinos con el norteamericano Robert Duherty, que luego fueron desplazados por la curia y remplazados por los agustinos recoletos.

En aquella visita de hace casi dos décadas, dormimos cómodamente en una casa de madera levantada varios metros sobre el piso, envueltos en una gruesa manta que disimulaba el frio nocturno de la montaña. En medio de la oscuridad de la noche, a lo lejos escuché unos cánticos en gnöbe. Eusebio me explicó en la mañana que era los que seguían la religión de Mama Chi. Visto que con todo el aparato de la iglesia, siglos atrás con el filo de la espada, luego con las armas y finalmente mediante la colaboración social, no habían podido hacer desaparecer en los gnöbes todas sus creencias religiosas ancestrales.

En esta ocasión, dieciocho años después, mi trayecto de vuelta a Kankintú fue mucho más rápido. Desde Chiriquí Grande tomamos un helicóptero que nos llevó a Kankintú en cuestión de minutos. El pueblo no había perdido su exótica belleza natural, con la diferencia que en esta ocasión me encontré con un hermoso colegio de dos pisos. El colegio San Agustín de Kankintú, un edificio regentado por los curas agustinos, que brinda clases en la mañana a la primaria, en la tarde es escuela secundaria, en la noche es escuela nocturna y los fines de semana sirve como anexo de la Universidad de Panamá. Aquí, un grupo de mas de cien estudiantes, algunos que bajan  de la montaña el día anterior, toman sus clases para optar por la licenciatura en educación.  Con alta motivación, gran autoestima y fluida oratoria, los estudiantes gnöbes se preparan para mejorar su futuro.  A finales de este año ya se dará las primeras graduaciones de licenciatura en educación. Allí pude estrechar la mano de Arístides Abrego, el representante de la comarca gnöbe en el concurso nacional de oratoria.

Acompañado de funcionarios de CONEAUPA, de la Universidad de Panamá y una par evaluadora mexicana que no cesaba de sorprenderse de ver este emporio de la educación en medio de la montaña, me retiré de este hermoso pueblo. Fue grande la emoción y triste la despedida, luego de observar la alta motivación de los estudiantes, la gran mayoría mujeres, con la tremenda seguridad de su futuro papel en la historia panameña.


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